Ondas · Artículo 03

La resonancia

Todo objeto tiene frecuencias favoritas, y empujar al ritmo justo acumula energía sin límite aparente: el columpio, la copa que estalla, el puente que baila. La resonancia es el fenómeno más rentable — y más peligroso — de la física de oscilaciones.

Cualquiera sabe columpiar a un niño: empujoncitos pequeños, en el momento justo. Ese secreto a voces es la resonancia: si la fuerza llega en fase con la frecuencia natural del sistema, cada ciclo deposita energía sobre la del anterior y la amplitud crece sin esfuerzo aparente. Es el mecanismo del instrumento musical, del receptor de radio, de la copa rota por una soprano — y de un par de puentes célebres que no deberían haberse movido.

Prerrequisitos: artículo 01 (frecuencia) y la idea de energía acumulada del módulo I.3.

Empujar en fase

El columpio de 2,5 m tiene un período de ~3,2 s: esa es su frecuencia natural (0,3 Hz), y no negocia. Empuja cada 3,2 s y cada julio se suma al anterior: veinte empujones suaves y el niño vuela. Empuja cada 2 s y la mitad de tus empujones frenan lo que la otra mitad aceleró. La ganancia de una resonancia la limita solo la disipación: en sistemas muy poco amortiguados (una copa de cristal, un átomo) la respuesta en la frecuencia justa puede ser miles de veces mayor que fuera de ella. Así estalla la copa ante el altavoz adecuado: su nota propia (~500–800 Hz, dale un toque y la oirás), sostenida a ~100 dB, acumula amplitud hasta superar el límite elástico del vidrio. Verificado en laboratorio y en televisión: hace falta el tono exacto — a un 1 % de distancia, nada.

Ejemplo resuelto 1 · El puente que marchaba solo

Problema. El Millennium Bridge de Londres (2000) se inauguró y hubo que cerrarlo en dos días: oscilaba lateralmente hasta 7 cm con miles de peatones. Nadie marchaba al paso. ¿Qué pasó?

Solución. El puente tenía un modo lateral de ~1 Hz — justo la frecuencia del vaivén lateral de caminar (un paso con cada pie: ~2 Hz de zancada, ~1 Hz de balanceo). Con el puente quieto, los pasos llegaban al azar y se cancelaban. Pero una pequeña oscilación inicial hizo que los peatones — por puro equilibrio — ajustaran sin querer su balanceo al del puente: cada corrección postural era un empujón en fase. Más amplitud, más gente sincronizada, más empujón: resonancia con retroalimentación.

Resultado. Con ~160 peatones «reclutados», la amplitud se disparó. La solución costó 5 M£ y dos años: amortiguadores — 37 disipadores viscosos y 26 de masa sintonizada — para robarle energía al modo en cada ciclo. La lección de ingeniería: contra la resonancia no se lucha con rigidez, se lucha con disipación.

Tacoma, la leyenda con matiz

El colapso más famoso — el puente de Tacoma Narrows retorciéndose en 1940 ante las cámaras — se cita siempre como «resonancia con el viento», y el matiz merece honestidad: no hubo ninguna ráfaga periódica afinada con el puente. Fue flameo aeroelástico: la propia torsión del tablero cambiaba cómo el viento (constante, ~68 km/h) empujaba sobre él, de modo que el flujo entregaba energía en fase con la oscilación — el puente se fabricaba su propio empuje resonante. Autoexcitación, más que resonancia forzada: pariente del mecanismo que hace vibrar la cuerda de un violín con un arco que solo frota. La distinción importa porque el remedio es distinto: Tacoma se resolvió con aerodinámica (tableros que no atrapan al viento), el Millennium con amortiguadores. Desde entonces, todo gran puente pasa por el túnel de viento antes que por la inauguración.

La resonancia como herramienta. La misma física que rompe copas afina el mundo: el receptor de radio resuena a la frecuencia de tu emisora e ignora las demás; el microondas empuja moléculas de agua a 2,45 GHz (no es una resonancia del agua, por cierto — es una frecuencia de compromiso para calentar en volumen: el mito es tan popular como falso); la resonancia magnética de un hospital lee los núcleos de hidrógeno de tu cuerpo a su frecuencia exacta. Saber la frecuencia natural de algo es tener su llave.

Ejercicios

Ejercicio 1

Los soldados rompen el paso al cruzar puentes desde el siglo XIX. ¿Sobra la precaución, visto lo del Millennium?

Solución

No sobra: es el caso fácil de prevenir. Una compañía marchando mete cientos de empujones perfectamente periódicos a ~2 Hz — frecuencia peligrosamente cercana a los modos verticales de pasarelas ligeras (1–3 Hz). Romper el paso convierte el empuje coherente en ruido incoherente, que apenas acumula. El Millennium demostró lo contrario de la complacencia: que ni siquiera hace falta marchar — la sincronización puede autoorganizarse. Por eso la norma moderna exige comprobar los modos de 0,5–5 Hz de toda pasarela peatonal.

Ejercicio 2

¿Por qué los sismólogos temen especialmente los terremotos para los edificios de altura «equivocada» — y qué altura es esa?

Solución

Un edificio es un péndulo invertido con frecuencia natural que baja con la altura — regla aproximada: f ≈ 10/N Hz para N plantas. El suelo de un terremoto sacude sobre todo entre 0,5 y 5 Hz (según distancia y geología local): los edificios cuya frecuencia cae en la banda dominante del sismo — a menudo los de 5 a 20 plantas — resuenan y sufren mucho más que otros más altos o más bajos del mismo barrio. En México DF (1985) el suelo blando del antiguo lago filtró el sismo hacia ~0,5 Hz y segó precisamente los edificios de esa banda. La resonancia elige víctimas por frecuencia, no por tamaño.

Ejercicio 3

El corrector del columpio: si en vez de empujar cada período empujas cada dos períodos, ¿funciona? ¿Y cada período y medio?

Solución

Cada dos períodos sí — a media máquina: todos tus empujones llegan en fase (el columpio da una oscilación «gratis» entre medias), solo que depositas energía la mitad de a menudo. Es resonancia subarmónica: funciona en f, f/2, f/3… Cada período y medio, no: empujas alternativamente a favor y en contra, y el promedio es cero. La condición no es «empujar mucho» sino «no contradecirse»: la resonancia es, en el fondo, una cuestión de coherencia — palabra que reaparecerá con honores en el artículo 04.